Transcultura




El término transculturación se generó en el terreno de la antropología a partir del año 1935; el concepto lo ideó Fernando Ortiz (En "Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar") con el fin de clasificar el estudio del contacto cultural entre grupos diferentes, sin embargo, su definición ha ido modificándose para delimitar más claramente su campo de acción. Inicialmente se ha definido a la transculturación como un proceso gradual por el cual una cultura adopta rasgos de otra hasta culminar en una aculturación. Generalmente se ha supuesto que la enseñanza o intercambio de rasgos va desde una cultura "más desarrollada" (por ejemplo en cultura tecnológica ) a otra "menos desarrollada" y que esto puede ocurrir sin conflicto, sin embargo se observa que la mayoría de las transculturaciones son conflictivas, en especial para la cultura "receptora" máxime cuando los rasgos culturales son impuestos.
Describe los cambios culturales que representan los cambios de época. La cultura de la sociedad agraria evolucionó hacia la cultura de la sociedad industrial y así hasta la cultura de la sociedad del conocimiento. La transculturación producida por los cambios de época han logrado enriquecer el contenido cultural de las personas que se ven inmersas en este fenómeno antropológico.La delimitación terminológica de transculturalidad se concentra sobre
 el aspecto internacional, mundializado, interactivo (por tanto recíproco) y transfronterizo de los
 procesos transculturales e intenta superar el nivel de interacción entre las culturas en beneficio
 del nivel de interacción que transgrede las culturas.
  
Planteamiento

El término “cultura” subyace a las reflexiones y prácticas “multicultural”, “intercultural” y “transcultural”, así como a los conceptos de “aculturación”, “inculturación” y “transculturación”. Su significado e impacto dependen en gran medida de lo que se entienda por cultura.
Independientemente del origen y de los aspectos que comprenda su definición, “cultura” ha comenzado a significar algo plural, diverso; de modo que resulta complicado hablar de ésta en sentido unívoco o de una caracterización normativa propuesta desde una matriz cultural única.
La apropiación de los discursos y prácticas creados a partir de la multiculturalidad y de la interculturalidad en el país puede ser un indicador bastante confiable del desarrollo desigual y diferenciado en la producción teórica y en la comprensión de situaciones donde convergen pueblos con matrices culturales diversas.
Esto se ve de manera más clara en la legislación, en las políticas culturales, pero sobre todo en los sistemas económicos y educativos; se tiene una percepción de incongruencia e incluso de contradicción entre el discurso del grupo gobernante y lo que ocurre cotidianamente en contextos de diversidad cultural.
Ante este hecho, podría pensarse que sería mejor no introducir la discusión sobre “transculturalidad” ahí donde todavía no se han asimilado los planteamientos del multiculturalismo y de la interculturalidad o donde todavía no se ha logrado traducir en leyes, políticas públicas, planes de formación docente y programas escolares los compromisos teórico-metódicos de estas propuestas; sin embargo, consideramos pertinente avanzar hacia lo transcultural, toda vez que este enfoque cuestiona los supuestos del multiculturalismo y de la interculturalidad así como su entendimiento de la cultura.
Ni el multiculturalismo ni la interculturalidad han logrado superar las visiones que suponen una relación jerárquica entre culturas: culturas de primer mundo y culturas “marginales”, las cuales esconden los sistemas económicos neoliberales y neocoloniales que las animan y a quienes conviene que haya culturas “inferiores” para legitimar “éticamente” las prácticas ancestrales de saqueo y explotación de los países “culturalmente más atrasados”.
Hemos propuesto en este sitio hablar de “interculturalidad horizontal” como momento de tránsito conceptual y metódico hacia la transculturalidad; sin embargo, éste puede resultar un contrasentido, pues se supondría que la interculturalidad debería garantizar la equidad y reciprocidad entre las culturas; no obstante, nos encontramos con prácticas sociales que suponen la existencia de una “interculturalidad vertical” excluyente.
Tanto el multiculturalismo como la interculturalidad vertical tienden a la asimilación y al integracionismo de las culturas “inferiores”, “retrasadas” a los núcleos “culturalmente fuertes” o, mejor dicho, a los núcleos tecnológicamente avanzados o núcleos de economías hegemónicas.
Estas modalidades de tratar con la diferencia buscan, no siempre de manera encubierta, la disolución cultural del otro, reemplazan los núcleos ideológicos profundos de las culturas (cosmovisión y lógica de construcción de mundo) por los de la economía de mercado y el individualismo; en otras palabras, ocultan en las políticas de desarrollo y educativas el núcleo cultural de los pueblos para privilegiar las manifestaciones externas, casi siempre de tipo folclórico como las expresiones artesanales y gastronómicas o festividades ya desarraigadas de la comunidad, tipo espectáculo.
Podría decirse que el multiculturalismo y la interculturalidad vertical le dan prioridad a la pertenencia sobre la identidad; es decir, descuidan intencionalmente los procesos de construcción de identidad de las culturas consideradas “inferiores” para privilegiar los rasgos externos y estereotipados de pertenencia e identificación.
La transculturalidad supone que las culturas no existen de manera aislada, encerradas en sí mismas, sino que, como núcleos, están decoradas en su interior con prácticas, objetos y palabras de otras culturas; que dan pie a síntesis culturales dinámicas y cambiantes: identidades culturales, sistemas abiertos en constante transformación.
La transculturalidad resalta la parte activa, propositiva y la estrategia de intercambio y de conformación de horizontes culturales diversos que están en contacto; en contraste con el multiculturalismo y la interculturalidad vertical, donde se enfatiza la parte pasiva, receptiva y adaptativa de las culturas consideradas “inferiores”, como criterio de éxito de los programas creados en este sentido.
¿De qué manera puede ampliar y enriquecer la transculturalidad el debate  en la construcción de caminos de encuentro? Esta es una de las preguntas que guía la exploración de esta perspectiva; sin embargo, hay que aclarar que este enfoque por sí mismo no garantiza que puedan superarse los grandes desajustes entre las políticas culturales y los discursos y prácticas pedagógicas en contextos de diversidad cultural; lo que nos puede ayudar a entender es la manera como se van formado "transculturalmente" los pueblos con sus individuos en el transcurrir del tiempo.