miércoles, 27 de octubre de 2010

La Libertad Interior

La libertad interior

Vimala Thakar

La fase inicial de la investigación de Vimala Thakar se sitúa entre los años 1957 y 1961, durante el encuentro con J. Krishnamurti. Desde entonces Vimala ha viajado mucho, dirigiéndose a profesores y a estudiantes de todas las partes del mundo. Mediante este texto, transcripción de una conferencia (cuya traducción respeta aquella espontaneidad), la autora hace una llamada a la revolución interior, a una «despiadada honradez con nosotros mismos en ese viaje de descubrimiento de uno mismo.». Exhorta al lector a «mirar y observar su propia vida para comprender la naturaleza de los condicionamientos». La libertad interior e incondicional es la auténtica abertura hacia la dimensión espiritual.

Las palabras son un difícil medio de comunicación, porque cubren diferentes representaciones en el espíritu de las personas. Una palabra no solamente está repleta de interpretaciones, sino también de asociaciones emocionales e intelectuales.
Desde el momento en que la persona empieza a hablar es del todo posible que se estimule –en el que escucha– una asociación emocional del pasado: se reavivan los recuerdos y se instaura una especie de resistencia entre el que habla y el que escucha. La comunicación verbal, aunque sea un medio de comunicación mediocre y peligroso, es, sin embargo, la única a nivel mental. Vivimos gracias al espíritu, funcionamos a través del cerebro y, por eso, las palabras se hacen necesarias. Se trata de medios al servicio de un fin.

Si la comunicación verbal puede llevarnos a la comunicación no verbal de los corazones, mi intención quedará satisfecha. Cada uno de nosotros tendría que preguntarse, en el fondo de su corazón, si desea vivir una libertad interior e incondicional.

En el siglo XX el hombre cree que desea la libertad, pero me pregunto si realmente la desea. Tendríamos que preguntarnos si la queremos y si realmente sentimos esa necesidad, del mismo modo que necesitamos alimentos para aplacar el hambre.


La libertad no ofrece seguridad.

Libertad y seguridad no van a la par. La libertad es una total vulnerabilidad de la vida. ¿Nos gustaría llegar a ser vulnerables ante todas las provocaciones de la vida?, ¿o bien preferimos un escondrijo, cavado en nombre de algunas teorías, para vivir lejos del seno de las provocaciones y sentirnos seguros? Es cosa nuestra descubrirlo.

Si nos asfixiamos por no tener libertad interior, entonces la indagación será auténtica, pero si, en algunos recovecos del espíritu, tenemos miedo a la libertad, si nos gusta tener detrás de nosotros alguna autoridad protectora bajo la forma de personalidades, de teorías, de conclusiones junto a las cuales poder regresar y buscar protección cuando nos sentimos en peligro, entonces no es auténtica. Ser libre es vivir en peligro, es ser vulnerable a la inseguridad de la vida y de sus vaivenes.

¿Lo queremos realmente? La intensidad, la pasión, la profundidad tras la indagación, determinan su calidad y su vigor. ¿Sucede lo mismo con nosotros? ¿Hemos visto acaso cuán esclavos somos de nuestro espíritu, cuán unidos estamos a nuestro ego y cómo esos pequeños «ego», que son los nuestros, nos aíslan de la totalidad de la vida y nos mantienen ocupados, mientras la vida dure, sustentando la identidad de ese yo insignificante, el ego, saturado de experiencias, que siente gran orgullo al poner en orden su colección de conocimientos y de experiencias?


¿Nos percatamos de la naturaleza de la esclavitud?

¿Hemos observado y constatado que la naturaleza del movimiento del espíritu es mecánica? No hay ninguna originalidad, ni ninguna frescura, ni ninguna libertad en el movimiento del espíritu. ¿Nos atraviesa este hecho el corazón, nos deja sin sosiego y crea una sed de libertad al igual que una persona sedienta busca el agua? ¿Hemos observado de qué modo está nuestra existencia gobernada por alguna autoridad? Hemos aceptado la autoridad y hemos acomodado nuestro comportamiento a las exigencias de la autoridad. A menos de que eso no nos afecte personalmente, si no hay encuentro íntimo con los hechos interiores de la vida seremos incapaces de decirnos si queremos o no la libertad.

Pero no la libertad de un ámbito particular de nuestra existencia, sino dentro, en la totalidad del ser; donde no haya ninguna autoridad, sea la que sea, ni la mínima búsqueda de seguridad psicológica. No hablo de seguridad física, que es indispensable. Hay que decidir qué tipo de trabajo vamos a hacer, cómo vamos a sostenernos; debemos estudiar todos esos detalles para que el organismo físico tenga una cierta estabilidad y seguridad.

La inteligencia orgánica que el cuerpo encubre no puede funcionar si hay inestabilidad e incertidumbre a nivel físico, está obsesionada por la inseguridad. Así pues, es necesario que, en el plano físico, la inteligencia orgánica tenga asegurados la vivienda, los medios de existencia, los medios de procurarse alimento, ropa y abrigo, que pueda ocuparse de la salud, etc.. Es lo mínimo que se le debe conceder al cuerpo. Si el cuerpo y la inteligencia que éste encierra no saben dónde estarán mañana por la mañana ni la forma en que estarán, la persona no puede esperar, entonces, llevar a cabo una indagación de descubrimiento de sí misma, de libertad, de realización. Por lo tanto, hay que cuidar la seguridad física como fundamento de la libertad interior. En una atmósfera de incertidumbre, el cerebro no puede funcionar; requiere la certeza y la seguridad de las necesidades fundamentales de la existencia.

Cuando nos hemos ocupado de ello, nos volvemos hacia nuestro propio espíritu y hacia nuestro comportamiento, y descubrimos su calidad; intentamos comprender si ese comportamiento está basado en una autoridad dominada por la costumbre, por modelos, o bien si vibra con la libertad, si está controlado por las reacciones de los demás, por lo que esperamos de ellos: ideas de prestigio social y de respetabilidad.
¿Cuál es la fuente de nuestra acción y de nuestro comportamiento, y cuáles son los factores que los gobiernan? Si profundizamos en ese aspecto de la vida, descubrimos –si somos suficientemente honestos– que nos sentimos completamente seguros cuando se nos dice que hagamos algo.

Buscamos la seguridad en cada uno de los niveles de las relaciones humanas. Queremos estar asegurados, tener la seguridad que aportan la sociedad, la legislación, la tradición y nuestro propio carácter posesivo. Si queremos seguridad, lo que significa negar la libertad a los demás, ¿tenemos realmente derecho a creer que queremos la libertad de no pertenecer a nadie y de que nadie nos pertenezca?

Pertenecemos a la vida, a Dios, a la totalidad de la vida. El estado de libertad es el estado de renuncia en el que no renunciamos a nada, en el que no poseemos nada. Psicológicamente no rechazamos nada, no poseemos nada. Pero, de hecho, nos gusta poseer no sólo los objetos, sino también los seres humanos y los conocimientos, las experiencias. La existencia constituye para nosotros posesiones, y cuanto mayores sean más ricos nos sentimos.

Ser libre, amigos míos, es estar vacío. Esto nos reduce a no ser nada ni nadie. No existe ya centro desde el que uno pueda apropiarse y poseer algo en el mundo. La ausencia del miedo surge en esta humildad de la nada, en esta humildad de la renuncia en la que no hay afirmación ni reivindicaciones, sino simplemente el ser y la comunicación.


La vida cambia. ¿Deseamos realmente esta libertad?

La libertad es un estado de total no identificación. Hemos considerado un aspecto de la indagación: esta libertad es una cosa peligrosa. Si no existe una necesidad acuciante de libertad, debemos continuar los métodos, las técnicas que aportan seguridad y contentarnos con ello. Pero si seguimos el juego de la auto–ilusión, entonces, en el ocaso de la vida, nos quedamos con el corazón vacío y las manos llenas de las cenizas de palabras vacías.

Deberíamos ser despiadadamente honestos con nosotros mismos en ese viaje de descubrimiento de uno mismo. Pensamos que amamos el descubrimiento de lo que es el amor, pero se trata de una superstición. El amor es austero, no es parecido al afecto que podemos sentir a nivel sensual, no satisface necesariamente las exigencias sensuales aunque pueda. No ofrece ninguna seguridad o ningún sentido de pertenencia. Como el aire, está en todas partes. El amor es como el soplo de la vida, no está en relación con otro individuo particular, sino en relación con el Todo. Así, en ese estado de libertad y de amor hay una extraordinaria celeridad. Ello transforma la persona cualitativa y radicalmente. Hay una libertad interior, el estado de la nada, y ese amor –que es el sentido de estar unido con el Todo de la vida, el sentido de ser uno con la totalidad–, que disuelve todas las terquedades, todas las rigideces y las identificaciones.

La tercera cuestión es la superstición de creer que queremos la paz, colectiva e individualmente. Les voy a dejar en esta tercera cuestión con el fin de que, cuando regresen a sus casas, puedan interrogarse ustedes mismos intensamente, sin piedad, y descubrirlo. Nos gusta la actividad, nos gusta siempre el movimiento. No es que yo esté rechazando el movimiento o la acción. El movimiento, así como la inmovilidad, forma parte de la vida, pero nos entregamos siempre a la actividad o al movimiento bajo todas sus formas, físicas o mentales, mientras que la paz es la relajación que engendra lo inmutable. La paz es un subproducto del estado de no–acción. ¿Podemos soportar este estado de no–acción tan siquiera durante una hora? ¿Podemos soportar el silencio cuando el espíritu no se mueve, donde no se agitan los sentimientos? Ese magnífico vacío reina como amo y señor en la carne y en los huesos.

De ese modo, amigos míos, una vida "religiosa" es la vida de una revolución interior en la que cambian las dimensiones, pasando de la dimensión del movimiento a la del no movimiento, o a un libre movimiento, o a una acción de libre dimensión.
La meditación es un estado en el que esta ausencia de ego, esta ausencia de movimiento, reina como amo y señor.

Si, después de esta despiadada consulta e interrogación sobre nosotros mismos, sentimos la pasión por descubrir lo que es esa dimensión de libertad y de amor, si hemos visto la futilidad del movimiento mental, si hemos visto que el espíritu no puede alcanzar a Dios pero que, si detiene sus adquisitivas actividades de ardilla gobernadas por el miedo y tendentes a la seguridad, y si puede cesar sus actividades: encontraremos el silencio. Encontraremos la vacuidad en el no movimiento del silencio. Si sentimos realmente una acuciante necesidad de paz, de amor y de libertad, sólo entonces comenzará una auténtica indagación espontánea, y habrá un fundamento para esta investigación. Si estos tres puntos han quedado claros, me gustaría profundizar algo más.

Supongamos que hemos descubierto que amamos la libertad, la paz y el estado de amor. ¿Cómo empezar?, ¿cómo introducirnos? Lo primero que veo es que no modificamos ni siquiera un ápice la vida que nos ha sido dada. No partimos a la aventura, a la búsqueda de guías, de instructores o de maestros, sino que permanecemos en la situación en que la vida nos ha colocado e intentamos descubrir nuestros propios condicionamientos. Es el terreno del espíritu. Del mismo modo que cuando nos movemos, cuando paseamos por la tierra, se produce un contacto entre el movimiento de los pies y la pesadez de la tierra; del mismo modo, cuando nuestro espíritu se mueve, hay un contacto con nuestros propios condicionamientos tejidos en nuestra carne, en nuestros huesos y en nuestra sangre. Tenemos que descubrir estos condicionamientos y comprenderlos tal como son. La ignorancia de nuestros propios condicionamientos y el hecho de recorrer el mundo en busca de los más recientes métodos de condicionamiento, no nos conducirá a ninguna parte. Comprendemos lo que son nuestros condicionamientos, cómo nos ciegan o la forma en que nos refuerzan o nos debilitan. Este contacto con la naturaleza de los condicionamientos es absolutamente necesario. Nos paramos pues ahí, miramos y observamos nuestra propia vida y comprendemos la naturaleza de los condicionamientos, la forma en que han creado costumbres, modelos, supersticiones, mitos, creencias: en realidad la cosa se percibe por completo.

Entonces decimos: «Pues bien, si esta autoridad tejida en mi sangre, si esta autoridad debe ser un obstáculo o debe poner impedimentos a mi indagación, dejad que le dé un escobazo». Este escobazo se efectúa con toda humildad, y no con el arrogante rechazo del pasado, de la autoridad del pasado; no se trata de repelerlo.

Sin nada de arrogancia, pero con toda humildad, nos decimos: «Pues bien, las experiencias de mis antepasados pueden ser verdaderas, pero no me sirven de nada. No voy a estar continuamente comparando mis actos con sus experiencias. No voy a crear un ideal sacado del pasado, de las experiencias ajenas e intentar alcanzar esas experiencias: ¡sería huir de mí mismo!. Barremos, pues, la autoridad con el fin de emprender un viaje de exploración.

Si nos encontramos atiborrados y rodeados de toda clase de autoridades, entonces no puede tener lugar la indagación. No hacemos más que proyectar estas experiencias en nosotros mismos, o bien intentamos repetirlas emocionalmente, intentamos crear los medios, las circunstancias, con el fin de que esas experiencias puedan repetirse en nosotros. Repetir experiencias no es un descubrimiento, amigos míos.

No más que el hecho de acercar nuestras acciones a las de Ramakrishna o a las de un Krishnamurti; ellos han vivido o viven su propia vida. Dejémosles que vivan. Nuestra vida es nuestra en propiedad, es lo que necesitamos para vivir. No podemos negar o rechazar el pasado. La única cosa que podemos hacer es ver que no podemos ser prisioneros del pasado, que no podemos intentar escapar a nuestro propio ser, intentar copiar e imitar a cualquier otro, y pensar que vamos a convertirnos en alguien parecido a él.

El proceso de descubrimiento no pertenece al devenir. Puede ser el proceso de ignorar las cosas falsas y erróneas, de limpiar los desequilibrios o de aprender un enfoque científico. Pero imitar, conformarse y aproximarse seguro que no es. ¡Es algo tan juvenil!


En la imitación está la muerte, el suicidio.

Es ser lo que somos. Dejad que las potencialidades florezcan y se desarrollen, y Dios residirá en cada corazón, en cada ser... Dios, la totalidad de la vida, las energías incondicionadas, la pura esencialidad de la vida. No hay sobre la tierra partícula alguna donde no resida la Divinidad. Ese es el sistema de la vida.

El misterio de la vida no puede ser descubierto por el intelecto, por el saber y por los conocimientos. Puede revelarse en nosotros si estamos en un estado de no saber y de humildad. Se nos revela; no lo alcanzamos, no lo experimentamos, y así siempre. Barremos la autoridad porque no queremos imitar, conformarnos, acercarnos o cambiar.

Es difícil, porque queremos cambiar. La transformación no consiste en convertirnos en algo que no somos. Consiste en la autoridad de ser lo que somos, orgánicamente unidos a la totalidad y viviendo esa relación orgánica con el todo, en cada momento, en cada relación. Decimos: ¡Apartemos eso!. Pues no tiene nada que ver con el respeto de nosotros mismos, con nuestro descubrimiento del sentido de la vida. No podemos prestarlo, no podemos pedirlo prestado. El acto de vivir no puede producirse si estamos ocupados en pedir prestado y en repetir.

Lo apartamos, pero si hay desprecio, indiferencia, si hay un sentimiento de superioridad con respecto al pasado, entonces creo que la fuente está envenenada por esa arrogancia. No puede producirse ninguna indagación cuando la actitud tiene la rigidez de la arrogancia o de un sentimiento de superioridad.

Para aprender debemos abrirnos, ser receptivos. El pasado es pasado y lo dejamos correr. Abandonamos la influencia de la autoridad porque lo que tratamos es nuestro propio espíritu. El pasado no es algo que sea externo a nosotros, está en nosotros, es la substancia de lo conocido, el espíritu condicionado a través del cual funcionamos. En el momento en que ya no estamos identificados con la autoridad del pasado, pierde su importancia para nosotros.


Debemos dejar de lado la influencia, el abrazo del pasado.

Esa influencia pesa sobre nosotros y la aceptamos de buen grado por la necesidad de seguridad. Ahora que hemos dejado la autoridad detrás de nosotros, emprendamos juntos el viaje. Dejamos la influencia con toda humildad, no porque no le atribuyamos significado, sino por el hecho mismo de que no nos sirve para nada.

Y, de ese modo, hay un espacio interior. Ningún pensamiento, ninguna referencia al pasado; tenemos mucho que descubrir, que comprender. Si nos movemos a través del espíritu, a través del yo –el ego–, esto nos traerá todo el pasado, de una forma o de otra. Con el fin de que lo que ha sido barrido no vuelva a deslizarse por la puerta trasera y no se interfiera, nos mantenemos en estado de observación.

De este modo, la llama de la observación se enciende en el espacio interior (la observación es una acción-libre-atención) y ahí nos quedamos. No podemos hacer nada más, hemos hecho lo necesario, hemos dado el primer paso para mantenernos libres de la autoridad, y puede que el primer paso sea el último, no podemos hacer nada más. Sólo podemos estar ahí y en estado de no hacer absolutamente nada, lugar donde se nos reduce al no saber, donde no hay dirección que tomar, donde no hay móvil que nos impulse a la acción: estamos en el centro de nuestro ser.

He utilizado la palabra «humildad», que no se emplea hoy en día, y voy a emplear otra más peligrosa todavía. Abandonémonos totalmente en el altar del silencio. Ya hemos abandonado todas las actividades y vivimos en ese estado, de manera que «el Otro» puede revelarse, que «el Otro» puede venir, quitar la pantalla transparente o la máscara que había entre él y nosotros. Es lo que hemos hecho al barrer la autoridad, al abrir las puertas y las ventanas de nuestra psique y al crear un espacio interior para que «el Otro», el indecible, el eterno, el divino, pueda entrar; para que pueda tomar el relevo de nuestra vida. Podemos vaciar nuestro espíritu, estar en el vacío, y eso es algo que todos podemos hacer.

Generalmente, a la mayoría de nosotros no nos gusta estar en este estado de no actuar y de no saber. No nos gusta esta vacuidad interior de los espíritus vacíos, desposeídos, sin palabra, sin pensamiento, sin emoción, sin términos de referencia, sin la menor cosa que observar, que referir al pasado... eso nos asusta.

El ego se atemoriza. Si aguantamos hasta el final, poco importa si tiene miedo, si hay lágrimas. ¿Qué hay de falso en las lágrimas? ¿Qué importa si temblamos un instante desde el momento que aguantamos hasta el final? No huyamos de ese sentimiento de temblor, de estar estremecidos, ¿qué importan las lágrimas, la frustración? El ego está frustrado y dice: «Volvamos, no hay nada aquí en el vacío, en la vacuidad, aferrémonos a alguna teoría, a alguna interpretación. Has llegado por encima de las palabras y de la verbalización y aquí sólo está el vacío, la vacuidad, no hay nadie para decirte lo que te sucede; ¿para qué sirve estar en este vacío despojado donde no ves nada, donde nada te sucede?»

El ego, o bien quiere ocuparse de los demás, o bien desea que algo le suceda. No puede soportar la austeridad del estado de ser. Quiere convertirse en algo, hacer algo, cambiar. El cambio, cambiar a los demás o cambiarse a sí mismo, llegar a ser algo o ayudar a los demás a llegar a serlo; esto es el contenido de nuestra vida, puesto que no estamos acostumbrados a vivir en este espacio interior o en esta ausencia de dirección, de vacío sin móvil. Es algo admirable, es una belleza terrorífica: la belleza está rodeada de terror.

Únicamente al superar esto pode mos ver por nosotros mismos que el vacío y la vacuidad estaban llenos de innumerables energías incondicionadas, sin medida e inexploradas por los seres humanos. Así, el contacto con «el Otro» transforma el ser. No nos transformamos nosotros mismos. Lo que transforma es el contacto con «el Otro», no medido con palabras, con conceptos y con teorías o cualquier cosa perteneciente al mundo; «el Otro», que ha desafiado toda verbalización. «El Otro» se insinúa en el ser, lo impregna como éste impregna el cerebro, y entonces decimos que la persona está transformada.

Cuando no podemos identificarlo, cuando no tenemos marco de referencia donde colocar a la persona, decimos: ¡Vaya! Esta persona ha cambiado!. La transformación nace como un surgimiento en el vacío del espíritu.

Es algo que no pertenece al espíritu, que no está engendrado por él o por el esfuerzo cerebral. Es una bendición que nace en el estado sin ego, en el estado de completa «nulidad», y es entonces cuando comienza una nueva vida. Cuando la vida es atrapada por la totalidad, por «el Otro», por la energía no medida e inconmensurable; cuando el hombre es atrapado, nace de nuevo y la vida se renueva.

No estoy enunciando teorías. Comparto la vida con ustedes. Así es como sobreviene esto. Crecer en la otra dimensión es un derecho de nacimiento de cualquier ser humano. La morada de los seres humanos no es el cuerpo, la carne, los huesos y la sangre. El espíritu –la prisión del pasado– no es su aposento. El hombre no ha nacido para estar condenado a ser el prisionero de la estructura–pensamiento. Ha nacido para ser libre, para vivir en paz, en una paz interior imperturbable.

Guerra Santa:Pasión y Razón

UMBERTO ECO

GUERRA SANTA:PASION Y RAZON

UMBERTO ECO


Umberto Eco, nacido en 1932 en la localidad italiana de Alessandría, es autor de novelas como "El nombre de la rosa" y "El péndulo de Foucault", y de obras de semiótica como "La estructura ausente" y el "Tratado de semiótica y filosofía del lenguaje", entre otras.

Guerra santa: pasión y razón.
UMBERTO ECO
Nota periodística publicada en La Republica y Clarín, Octubre de 2001.

Semiólogo y escritor italiano, Berlusconi , habló de la supuesta superioridad occidental sobre el Islam.
Eco parte de esas palabras y arma un texto que elude la corrección política para convertirse en un conmovedor homenaje a la tolerancia.

Que alguien, en estos días, haya pronunciado palabras inoportunas sobre la superioridad de la cultura occidental, sería un hecho secundario. Es secundario que alguien diga una cosa que considera justa pero en el momento equivocado, y es secundario que alguien crea en una cosa injusta o incluso equivocada, porque el mundo está lleno de gente que cree en cosas injustas y equivocadas, incluido un señor que se llama Bin Laden, que posiblemente sea más rico que nuestro presidente del Consejo y estudió en las mejores universidades.
Lo que no es secundario y que debe preocuparnos un poco a todos, políticos, líderes, religiosos, educadores, es que ciertas expresiones, o llegado el caso, artículos enteros y apasionados que de alguna manera las legitimaron, pasen a ser materia de discusión general, ocupen la mente de los jóvenes y puedan llegar a inducirlos a sacar conclusiones pasionales dictadas por la emoción del momento. Me preocupan los jóvenes porque, en definitiva, a los viejos, la cabeza ya no les cambia. Todas las guerras de religión que ensangrentaron al mundo durante siglos nacieron de adhesiones pasionales a contraposiciones simplistas, como Nosotros y los Otros, buenos y malos, blancos y negros. Si la cultura occidental demostró ser fecunda es porque se esforzó por "eliminar", a la luz de la investigación y el espíritu crítico, las simplificaciones nocivas
. Naturalmente, no lo hizo siempre, porque forman parte de la historia de la cultura occidental también Hitler, que quemaba los libros, condenaba al arte "degenerado", mataba a los que pertenecían a las razas "inferiores", o el fascismo que me enseñaba en la escuela a recitar "Dios maldiga a los ingleses", porque eran "el pueblo de las cinco comidas" y por ende glotones inferiores al italiano parco y espartano. Son, no obstante, los mejores aspectos de nuestra cultura los que debemos discutir con los jóvenes, y de cualquier color, si no queremos que caigan nuevas torres también en los días que vivirán después de nosotros. Un elemento de confusión es que a menudo no se logra captar la diferencia entre la identificación con las propias raíces, comprender a quienes tienen otras raíces y juzgar lo que está bien y o mal. En cuanto a las raíces, si me preguntaran si preferiría pasar mis años de jubilado en un pueblito de Monferrato, en el majestuoso marco del parque nacional del Abruzzo o en las suaves colinas de Siena, elegiría Monferrato.
Pero eso no implica que considere a las otras regiones italianas inferiores al Piamonte. Por consiguiente, si con sus palabras, el presidente del Consejo quería decir que prefiere vivir en Arcore antes que en Kabul, y hacerse atender en un hospital milanés antes que en uno de Bagdad, estaría dispuesto a apoyar su opinión. Y eso aunque me dijeran que en Bagdad instalaron el hospital mejor equipado del mundo: en Milán me hallaría más en mi casa, y eso influiría incluso sobre mis capacidades de recuperación. (...) Pasemos ahora al enfrentamiento de civilizaciones, porque ése es el punto. Occidente, aunque más no sea, y en muchos casos lo es, por razones de expansión económica, ha sido curioso respecto de las otras civilizaciones.
Muchas veces las liquidó con desprecio; los griegos llamaban bárbaros, es decir, balbucientes, a quienes no hablaban su idioma y por lo tanto era como si en realidad no hablaran. Pero griegos más maduros, como los historiadores (quizá porque algunos de ellos eran de origen fenicio) muy pronto advirtieron que los bárbaros usaban palabras distintas de las griegas, pero se referían a los mismos pensamientos. Marco Polo trató de describir con gran respeto usos y costumbres chinos, los grandes maestros de la teología cristiana medieval se esforzaban por conseguir que les tradujeran los textos de los filósofos, médicos y astrólogos árabes, los hombres del Renacimiento exageraron incluso en su intento de recuperar sabidurías orientales perdidas, desde los Caldeos a los egipcios, Montesquieu intentó comprender cómo podía ver un persa a los franceses, y antropólogos modernos llevaron a cabo sus primeros estudios sobre las relaciones de los salesianos, que se acercaban sin duda a los Bororo para convertirlos, en lo posible, pero también para comprender cuál era su forma de pensar y de vivir, recordando quizá que los misioneros de siglos anteriores no habían podido comprender a las civilizaciones amerindias y alentaron su exterminio. Mencioné a los antropólogos.
No digo nada nuevo si recuerdo que, desde mediados del siglo XIX en adelante, la antropología cultural se desarrolló como un intento por cicatrizar el remordimiento de Occidente en relación con los Otros, y especialmente los Otros que eran definidos como salvajes, sociedades sin historia, pueblos primitivos. Occidente no había sido tierno con los salvajes: los había "descubierto", había intentado evangelizarlos, los había explotado, a muchos los había reducido a la esclavitud, entre otras cosas, con la ayuda de los árabes, ya que los barcos de los esclavos eran descargados en New Orleans por hidalgos de origen francés, pero estibados en las costas africanas por traficantes musulmanes.(...) La verdadera lección que debe extraerse de la antropología cultural es más bien que, para decir si una cultura es superior a otra, es necesario establecer parámetros.

Una cosa es decir qué es una cultura y otra decir en base a qué parámetros la juzgamos. Una cultura puede describirse de un modo pasablemente objetivo: estas personas se comportan así, creen en los espíritus o en una divinidad única que invade toda la naturaleza, se unen en clanes parentales según determinadas reglas, consideran bello perforarse la nariz con anillos, consideran impura la carne de cerdo, se circuncidan, crían perros para cocinarlos los días festivos o, como todavía dicen los estadounidenses de los franceses, comen ranas. El antropólogo, obviamente, sabe que la objetividad siempre entra en crisis debido a numerosos factores. (...) No obstante, haciendo una tala de todos los malentendidos posibles de una cultura Otra se puede obtener una descripción bastante "neutra". Los parámetros de juicio son otra cosa, dependen de nuestras raíces, de nuestras preferencias, de nuestros hábitos, de nuestras pasiones, de nuestro sistema de valores. Pongamos un ejemplo. ¿Consideramos que alargar la vida media de cuarenta a ochenta años es un valor? Yo personalmente creo que sí, pero muchos místicos podrían decirme que, entre un crápula que tira ochenta años y un san Luis Gonzaga que tira veintitrés, el segundo es el que tuvo una vida más plena. Pero admitamos que la extensión de la vida es un valor: si es así, la medicina y la ciencia occidental son ciertamente superiores a muchos otros saberes y prácticas médicos. ¿Creemos que el desarrollo tecnológico, la expansión de los intercambios comerciales, la rapidez del transporte, son un valor?
Muchísimos lo creen así, y tienen derecho a juzgar superior nuestra civilización tecnológica. Pero, en el seno mismo del mundo occidental, hay quienes consideran como un valor primordial una vida en armonía con un ambiente incorrupto, y entonces están dispuestos a renunciar a los aviones, los autos, las heladeras, para trenzar mimbres y moverse a pie de pueblo en pueblo, con tal de no tener el agujero de ozono. Ya ven que para definir una cultura mejor que otra, no basta con describirla (como hace el antropólogo) sino que es necesario recurrir a un sistema de valores que consideremos irrenunciables. Sólo en ese punto podemos decir que nuestra cultura, para nosotros, es mejor. En estos días asistimos a varias defensas de culturas diferentes en base a parámetros discutibles. Justamente, el otro día leía una carta a un gran diario donde se preguntaba sarcásticamente cómo era posible que los premios Nobel fueran siempre para occidentales y no para orientales. Dejando de lado el hecho de que se trataba de un ignorante que no sabía cuántos premios Nobel de Literatura fueron conferidos a personas de piel negra y a grandes escritores islámicos, dejando de lado que el premio Nobel de Física de 1979 fue para un pakistaní que se llama Abdus Salam, afirmar que reconocimientos para la ciencia recaen naturalmente en quienes trabajan en el ámbito de la ciencia occidental es descubrir la pólvora, porque nadie ha puesto nunca en duda que la ciencia y la tecnología occidentales están hoy en la vanguardia. ¿En la vanguardia de qué? De la ciencia y la tecnología. ¿Cuán absoluto es el parámetro del desarrollo tecnológico? Pakistán tiene la bomba atómica e Italia no. ¿Entonces, somos una civilización inferior? ¿Es mejor vivir en Islamabad que en Arcore?

Los defensores del diálogo nos instan a respetar el mundo islámico recordando que dio hombres como Avicena y Averroes. Nos recuerdan que los árabes de España cultivaban la geografía, la astronomía, la matemática o la medicina cuando en el mundo cristiano estaban mucho más atrasados. Todas cosas absolutamente verdaderas, pero esos no son argumentos, porque razonando así habría que decir que Vinci, noble comuna toscana, es superior a Nueva York, porque mientras en Vinci nacía Leonardo en Manhattan cuatro indios esperaban sentados en el suelo más de ciento cincuenta años a que llegaran los holandeses para comprarles toda la península por veinticuatro dólares. Y en cambio, sin ánimo de ofender a nadie, hoy el centro del mundo es Nueva York y no Vinci. Las cosas cambian. No sirve recordar que los árabes de España eran bastante tolerantes con cristianos y judíos en tanto que entre nosotros se atacaban los ghettos, que Saladino, cuando reconquistó Jerusalén, fue más misericordioso con los cristianos de lo que habían sido los cristianos con los sarracenos cuando habían conquistado Jerusalén. Todas cosas exactas, pero en el mundo islámico hay actualmente regímenes fundamentalistas y teocráticos que no toleran a los cristianos y Bin Laden no fue misericordioso con Nueva York. Bactriana fue un cruce de grandes civilizaciones, pero hoy los talibanes destruyen con explosivos los Buda.
Los franceses, por su parte, hicieron la masacre de la Noche de san Bartolomé, pero esto no autoriza a nadie a decir que en la actualidad son bárbaros. No molestemos a la historia porque es un arma de doble filo. Los turcos empalaban (y está mal) pero los bizantinos ortodoxos sacaban los ojos a sus parientes peligrosos y los católicos quemaban a Giordano Bruno; los piratas sarracenos hacían desastres de todos los calibres, pero los corsarios de su majestad británica, con todos sus despachos reales, incendiaban las colonias españolas en el Caribe; Bin Laden y Saddam Hussein son enemigos feroces de la civilización occidental, pero dentro de la civilización occidental hemos tenido señores que se llamaron Hitler o Stalin. No, el problema de los parámetros no se pone en clave histórica, sino en clave contemporánea. Ahora bien, una de las cosas elogiables de las culturas occidentales (libres y pluralistas, y estos son valores que nosotros consideramos irrenunciables) es que se dieron cuenta desde hace ya tiempo que la misma persona puede ser llevada a manejar parámetros distintos, y mutuamente contradictorios, sobre cuestiones diferentes. Por ejemplo, se considera un bien la prolongación de la vida y un mal la contaminación atmosférica, pero advertimos perfectamente que, quizá, para tener los grandes laboratorios donde se estudia la prolongación de la vida, haya que tener un sistema de comunicaciones y de abastecimiento energético que, por su lado, produce contaminación. La cultura occidental ha desarrollado las capacidades para poner libremente al descubierto sus propias contradicciones. Es posible que no las resuelva, pero sabe que existen, y lo dice.
En última instancia, todo el debate sobre "globalización sí-globalización no" está allí: ¿cómo hacer que resulte soportable una cuota de globalización positiva evitando los riesgos y las injusticias, cómo se puede alargar la vida también a los millones de africanos que mueren de Sida (y al mismo tiempo alargar la nuestra) sin aceptar una economía planetaria que hace morir de hambre a los enfermos de Sida y nos hace engullir alimentos contaminados a nosotros? Pero justamente esa crítica de los parámetros, que Occidente persigue y alienta, nos hace comprender lo delicada que es la cuestión de los parámetros. ¿Es justo y civilizado proteger el secreto bancario? Muchísimos consideran que sí. Pero ¿y si ese secreto permite que los terroristas tengan su dinero en la City de Londres? Entonces, ¿la defensa de la llamada privacy es un valor positivo o dudoso? Nosotros ponemos continuamente en discusión nuestros parámetros. El mundo occidental lo hace a tal punto que permite a sus propios ciudadanos no aceptar como positivo el parámetro del desarrollo tecnológico y hacerse budistas o irse a vivir a comunidades donde no se usan los neumáticos, ni siquiera para los carros con caballos.
El problema que la antropología cultural no resolvió es qué hacer cuando el integrante de una cultura, cuyos principios aprendimos quizás a respetar, viene a vivir a nuestra casa. En realidad, la mayor parte de las reacciones racistas en Occidente no se deben al hecho de que los animistas vivan en Malí (basta con que se queden en su tierra, dice de hecho la Liga), sino que los animistas vengan a vivir con nosotros. Y vaya y pase con los animistas o con quienes quieren rezar en dirección a la Meca, pero ¿y si quieren llevar chador, si quieren infibular a sus muchachas, si (como sucede en algunas sectas occidentales) niegan las transfusiones de sangre a sus niños enfermos, si el último comedor de hombres de Nueva Guinea (admitiendo que todavía exista alguno) quiere emigrar a nuestro país y asarse a un jovencito por lo menos cada domingo? Sobre el comedor de hombres estamos todos de acuerdo, va a la cárcel (pero sobre todo porque no son mil millones), sobre las chicas que van a la escuela con chador, no veo por qué hacer una tragedia si eso les gusta, sobre la infibulación, en cambio, el debate está abierto pero, ¿qué hacemos, por ejemplo, con el pedido de que las mujeres musulmanas puedan ser fotografiadas en el pasaporte con velo? Tenemos leyes, iguales para todos, que establecen criterios de identificación para los ciudadanos y no creo que se puedan dejar de lado. Yo cuando visité una mezquita me quité los zapatos, porque respetaba las leyes y las usanzas del país anfitrión. ¿Qué hacemos con la foto velada?
Creo que en estos casos se puede negociar. En el fondo, las fotos de los pasaportes son siempre poco fidedignas y sirven para lo que sirven, están estudiándose tarjetas magnéticas que reaccionan con la huella del pulgar, el que quiera ese tratamiento privilegiado que pague el eventual sobreprecio. Y si esas mujeres luego asisten a nuestras escuelas, también podrían llegar a conocer derechos que no creían tener, así como muchos occidentales fueron a las escuelas coránicas y decidieron libremente hacerse musulmanes. Reflexionar sobre nuestros parámetros significa también decidir que estamos dispuestos a tolerar todo, pero que ciertas cosas son para nosotros intolerables. Occidente dedicó fondos y energías a estudiar los usos y costumbres de los Otros, pero nadie permitió verdaderamente a los Otros que estudiaran usos y costumbres de Occidente, salvo en las escuelas mantenidas en el exterior por los blancos o permitiendo a los Otros más ricos que fueran a estudiar a Oxford o París -y después se ve lo que pasa, estudian en Occidente y vuelven a su patria para organizar movimientos fundamentalistas, porque se sienten ligados a sus compatriotas que no pueden realizar esos estudios. Antiguos viajeros árabes y chinos habían estudiado algo de los países donde se pone el sol, pero son cosas de las que sabemos bastante poco.
¿Cuántos antropólogos africanos o chinos vinieron a estudiar Occidente para contárselo a sus conciudadanos, pero también a nosotros, me refiero a contarlo como nos ven ellos? Existe desde hace unos años una organización internacional llamada Transcultura que propicia una "antropología alternativa". Llevó a estudiosos africanos que nunca habían estado en Occidente a describir el interior francés y la sociedad de Bolonia, y les aseguro que cuando nosotros los europeos leímos que dos de las observaciones más sorprendentes se referían al hecho de que los europeos sacan a pasear a sus perros y que se desnudan a la orilla del mar, bueno, la mirada recíproca comenzó a funcionar de ambas partes, y surgieron discusiones interesantes. En este momento, con miras a un congreso final que se desarrollará en Bruselas en noviembre, tres chinos, un filósofo, un antropólogo y un artista, están completando el viaje de Marco Polo al revés, sólo que en vez de limitarse a escribir su Millón, graban y filman.
Al final, no sé qué podrán aclararles sus observaciones a los chinos, pero sé qué podrán aclararnos a nosotros. Imagínense que se invite a fundamentalistas musulmanes a realizar estudios sobre el fundamentalismo cristiano. Bueno, yo creo que el estudio antropológico del fundamentalismo de otro puede servir para comprender mejor la naturaleza del propio. Que vengan a estudiar nuestro concepto de guerra santa y quizá verían con ojo más crítico la idea de guerra santa en su casa. En el fondo, los occidentales hemos reflexionado acerca de los límites de nuestro modo de pensar describiendo justamente la pensée sauvage. Uno de los valores de los cuales habla mucho la civilización occidental es la aceptación de las diferencias. Teóricamente estamos todos de acuerdo, es politically correct decir en público de alguien que es gay, pero después en casa decimos que es un marica. ¿Cómo se hace para enseñar la aceptación de la diferencia? La Académie Universelle des Cultures puso on line un sitio donde se están elaborando materiales sobre temas diversos (color, religión, usos y costumbres, etcétera) para los educadores de cualquier país que quieran enseñar a sus alumnos cómo aceptar a los que son distintos de ellos. En primer lugar, se decidió no decir mentiras a los chicos, afirmando que todos somos iguales. Los niños se dan cuenta perfectamente de que algunos vecinos de casa o compañeros de colegio no son iguales a ellos, tienen una piel de distinto color, los ojos con forma almendrada, el pelo más abundante o más lacio, comen cosas extrañas, no toman la primera comunión. Tampoco basta decirles que todos son hijos de Dios, porque también los animales son hijos de Dios y, sin embargo, los chicos nunca vieron una cabra en la cátedra enseñándoles gramática. Por lo tanto, es necesario decir a los chicos que los seres humanos son muy distintos entre sí, y explicar bien en qué son distintos, para luego mostrar que esas diversidades pueden ser una fuente de riqueza.
El maestro de una ciudad italiana debería ayudar a sus chicos italianos a comprender por qué otros niños le rezan a una divinidad distinta, o tocan una música que no se parece en nada al rock. Naturalmente, lo mismo debe hacer un educador chino con niños chinos que viven junto a una comunidad cristiana. El paso siguiente consistirá en mostrar que hay algo en común entre su música y la nuestra, y que también su Dios recomienda algunas cosas buenas. Posible objeción: nosotros lo haremos en Florencia, ¿pero lo harán después también en Kabul? Bueno, esa objeción es lo más alejado que puede haber de los valores de la civilización occidental. Nosotros somos una civilización pluralista porque permitimos que en nuestra casa se construyan mezquitas y no podemos renunciar a ello sólo porque en Kabul manden a prisión a los propagandistas cristianos.
Si lo hiciéramos seríamos talibanes nosotros también.(...) Ahora bien, dejando de lado que hay una derecha y que hay un catolicismo integrista decididamente tercermundista, filo-árabe, etcétera, no se tiene en cuenta un fenómeno histórico que está ante los ojos de todos. La defensa de los valores de la ciencia, el desarrollo tecnológico y la cultura occidental moderna, en general, siempre fueron una característica de las alas laicas y progresistas. No solamente eso, todos los regímenes comunistas evocaron una ideología del progreso tecnológico y científico. El Manifiesto de 1848 se inicia con un elogio imparcial de la expansión burguesa; Marx no dice que hay que dar media vuelta y pasar al modo de producción asiático, dice solamente que de esos valores y esos éxitos deben apoderarse los proletarios. A la inversa, siempre ha existido el pensamiento reaccionario (en el sentido más noble del término), al menos empezando por el rechazo de la revolución francesa, que se opuso a la ideología laica del progreso afirmando que hay que volver a los valores de la Tradición. Sólo algunos grupos neo-nazis se remiten a una idea mítica de Occidente y estarían dispuestos a degollar a todos los musulmanes en Stonehenge. Los más serios entre los pensadores de la Tradición siempre se han remitido, más allá de los ritos y mitos de los pueblos primitivos, o la lección budista, precisamente al Islam, como fuente todavía actual de espiritualidad alternativa. Siempre estuvieron allí para recordarnos que no somos superiores, sino que más bien la ideología del progreso nos desecó, y que debemos ir a buscar la verdad entre los místicos Sufis o los derviches danzantes.
Y esas cosas no las digo yo, siempre las dijeron ellos. Basta con ir a una librería y buscar en los estantes indicados. En este sentido, en la derecha se está abriendo ahora una curiosa grieta. Pero tal vez sea sólo un signo de que en los momentos de gran desconcierto (y ciertamente estamos viviendo uno) nadie sabe dónde está. Claro que es justamente en los momentos de desconcierto cuando hay que saber usar el arma del análisis y la crítica, de nuestras supersticiones tanto como de las del otro. Espero que de estas cosas se hable en las escuelas, y no sólo en las conferencias de prensa.
(c) La Republica y Clarín, 2001. Traducción de Cristina Sardoy.

Ezquizofrenia y misticismo


Siempre se ha considerado a la esquizofrenia de un modo similar a la locura y la genialidad. Pero, aunque parezcan muy semejantes, lo cierto es que se trata de dos fenómenos completamente diferentes. En cualquiera de los casos, las similitudes existentes entre la esquizofrenia y el misticismo han dado lugar a dos climas generales de opinión con respecto a dichos estados mentales. Quienes consideran que la esquizofrenia es una enfermedad, una dolencia o una de las peores patologías, suelen tener (dadas sus semejanzas) la misma idea sobre el misticismo. Desde este punto de vista, si los sabios y los místicos no son puramente patológicos, poco les falta para ello. El psiquiatra dice un informe recientemente publicado por el Group for the Advancement of Psychiatry (GAP)- hallará el fenómeno místico interesante porque puede encontrar en él formas de conducta que se hallan a mitad de camino entre la normalidad y la auténtica psicosis, una especie de regresión egoica al servicio de la defensa contra la tensión interna o externa. Con cierta frecuencia he aceptado e incluso sostenido el hecho de que esta regresión puede ocurrir y ciertamente ocurre; que algunos de los que se autodenominan místicos están, en realidad, atrapados en algún tipo de regresión e incluso que algunos auténticos místicos reactivan ocasionalmente complejos regresivos en su camino hacia los estados superiores de unidad. Pero esto, sin embargo, no debería impedirnos diferenciar de una manera clara y rotunda entre la esquizofrenia y el verdadero misticismo. Así pues, la generalización del GAP sobre la trascendencia y el misticismo resulta de una ayuda bastante limitada.

La segunda actitud general con respecto a la esquizofrenia y el misticismo parece algo más próxima a la verdad pero lo cierto es que es tan generalizadora y dogmática como la primera. Esta perspectiva no tiende a considerar a la esquizofrenia como algo patológico sino, por el contrario, como algo super-sano. Los investigadores que sostienen este punto de vista investigadores, por otra parte, a quienes tengo en mucha estima (como R. D. Laing y Norman O. Brown, por ejemplo) – simpatizan con la idea de que los estados trascendentes son ultrarreales (algo con lo que estoy plenamente de acuerdo) y, puesto que la esquizofrenia y el misticismo parecen tan semejantes, el esquizofrénico debe constituir también un modelo de salud extraordinaria. Según Brown: No es en la esquizofrenia sino en la normalidad donde la mente se halla dividida; en la esquizofrenia las falsas barreras se desintegran Los esquizofrénicos están sufriendo de verdad El mundo del esquizofrénico es un mundo de participación mística; una amplificación indescriptible de las sensaciones interiores, misteriosos sentimientos de referencia; influencias y poderes psicosomáticos ocultos


Puntos destacables del ciclo vital (pre frente a trans)

Mi propia opinión sobre el tema se ubica en una posición intermedia entre ambas perspectivas y se basa en las importantísimas distinciones existentes entre el pre y el trans que tantas veces hemos descrito y que se ilustra en la figura; basándonos en los informes fenomenológicos de que disponemos hoy en día acerca de la experiencia esquizofrénica, un episodio esquizofrénico típico suele constar de los siguientes factores:

1.- El evento que lo desencadena suele ser una situación de tensión extrema o una contradicción extraordinaria. Tal vez, antes de eso, el sujeto haya tenido grandes dificultades para establecer relaciones sociales, tal vez su ego (o su persona) sea demasiado débil y también cabe la posibilidad de que sea proclive al aislamiento. También puede ocurrir, por otra parte, que el individuo simplemente sea víctima de dukka el sufrimiento inherente al samsara - y se sienta provisionalmente abrumado por una dolorosa introspección. Pero, sea cual fuere el catalizador (y no excluyo de, entre ellos, a los poderosos factores bioquímicos – que son extraordinariamente importantes, un hecho cuya capital trascendencia se ha visto claramente demostrada por las recientes investigaciones bioquímicas sobre los procesos cerebrales – sino que simplemente no me ocupo de ellos porque se precisarían capítulos adicionales y nuestras conclusiones generales seguirían siendo las mismas), sea cual fuere el catalizador, digo, la traducción egoico-personal se desmorona o se debilita (y la teoría del doble vínculo de la esquizofrenia estaría directamente relacionada con esta perturbación de la traducción egoica o meta programación).

2.- El entorpecimiento de las funciones de edición y filtraje de la traducción egoica (proceso secundario, principio de la realidad, estructura sintáctica, etc.) deja al individuo sin defensas y vulnerable tanto a los niveles inferiores como superiores de la consciencia. Lo que ocurre, a mi entender, es que entonces se pone en funcionamiento un doble proceso ya que, por una parte, el yo comienza a experimentar una regresión hacia los niveles inferiores de consciencia mientras que, al mismo tiempo, se ve inundado por aspectos procedentes de los dominios superiores (especialmente el nivel sutil). Dicho de otro modo, en la medida en que el individuo se traslada al subconsciente, entra en él lo supraconsciente, en la medida en que retrocede a los niveles inferiores se ve invadido por los superiores y, de esta manera, se ve afectado por el inconsciente sumergido y por el inconsciente emergente. Personalmente, no veo otra forma de justificar la fenomenología que acompaña a la escisión esquizofrénica. Quienes interpretan la esquizofrenia como algo meramente regresivo ignoran su verdadera dimensión religiosa y quienes sólo ven en ella el súmmum de la salud y la espiritualidad hacen caso omiso de las claras evidencias de fragmentación y regresión psíquica.

En cualquier caso, cuando la traducción egoica comienza a fallar suele aparecer una angustia extraordinaria. Con el comienzo de la regresión y de la interrupción de la sintaxis egoica, el individuo se abre al pensamiento mítico y a las referencias mágicas características del estadio mítico-pertenencia. El pensamiento mítico, como hemos visto antes, confunde la parte con el todo y los miembros de una clase con la clase misma, y esta es precisamente la característica más relevante del pensamiento esquizofrénico. Un esquizofrénico, por ejemplo, puede decir anoche me metí en una botella pero no pude cerrarla cuando, en realidad, lo único que está afirmando es que el frío le impidió dormir. La lógica mítica de esta afirmación es la siguiente: la cama, con sus sábanas y mantas, pertenece a la clase de los recipientes, es decir, de los objetos capaces de contener a otros. Una botella también pertenece a la misma clase y, dado que el pensamiento mítico es incapaz de distinguir entre los diferentes miembros de una clase, meterse en la cama y meterse dentro de una botella son lo mismo (y no sólo de un modo simbólico). De la misma manera, mantas y tapones son también equiparables, de modo que no poder cerrar la botella significa que la manta no le cubría suficientemente, lo cual explica el frío y sus dificultades para conciliar el sueño (no poder cerrar la botella). Tal persona, como diría Bateson, está teniendo problemas con los tipos lógicos.

En el caso de que la regresión vaya, aunque sólo sea un poco, más allá del pensamiento mítico, el individuo queda a merced de las floridas fantasías preverbales y del proceso primario, es decir, sufre alucinaciones (por lo general auditivas y, en ocasiones, visuales).

3.- El asunto, a mi entender, es que, cuando la traducción egoica comienza a fracasar y el yo se siente arrastrado a los dominios preegoicos, el individuo también queda simultáneamente expuesto a verse invadido por los dominios transegoicos (castración). Es por ello que, en tal caso, la consciencia del individuo suele verse abrumada por intuiciones muy intensas de naturaleza auténticamente religiosa (y no sólo de fantasías regresivas sino de genuinas y válidas introspecciones espirituales). Tal vez la experiencia creativa, la conversión religiosa y otro tipo de experiencias cumbre incluyan muchas de las formas de experiencia interna que pueden acompañar a la reacción psicótica aguda. Este es un hecho que, a mi juicio, simplemente no podemos ignorar.

Con frecuencia, sin embargo, el individuo es incapaz de articular lógicamente estas introspecciones. De hecho, si para hablar de algo tan simple como acostarse dice meterse en una botella, cuál no será su dificultad para describir una visión-imagen de Jesucristo! Además, y por encima de todo, estas introspecciones tienden a ser sumamente autistas, auto centradas y crípticas y el único que puede comprenderlas es el propio sujeto. Esto parece estar relacionado con el hecho de que, dado que el aspecto regresivo de la esquizofrenia tiende a conducirle hasta niveles anteriores pre- a la comprensión del rol, el individuo cree que él y sólo él – es, por ejemplo, Jesucristo. Al no poder aceptar o asumir el papel de los demás es incapaz, por tanto, de ver que todo el mundo es Jesucristo. Intuye viva y fuertemente su naturaleza Atman (como resultado de la influencia de los niveles superiores) pero sólo desde un nivel primitivo y narcisista. Veamos ahora una conversación entre un místico y un esquizofrénico hospitalizado que ilustra perfectamente lo que estamos diciendo. Dice Baba Ram Dass:

Él (esquizofrénico hospitalizado) producía muchísimo material y leía en griego, un idioma que, por cierto, nunca había aprendido. Presentaba muchas actividades fenoménicas que los médicos interpretaban como patológicas: robar, mentir, engañar y proclamar que era Jesucristo. En varias ocasiones se había escapado del hospital y era un individuo muy creativo. Leyendo sus escritos comprendí que estaba sintonizado con algunas de las grandes verdades del mundo que han sido enunciadas por los seres humanos más evolucionados. Las estaba experimentando directamente pero se hallaba, sin embargo, atrapado por la sensación de que eso era algo que le estaba ocurriendo sólo a él Por consiguiente, no dejaba de repetir:

-Yo tengo este don, un don del que tú careces
-Crees que eres Jesucristo? El Cristo de la consciencia pura? le pregunté.
-Sí- me respondió.
-Yo también creo que lo soy le repliqué yo. Entonces me miró y me dijo:
-No, tú no lo comprendes.
.Ése precisamente es el motivo por el que estás internado, sabes? concluí.


4.- Van Dusen, en un importantísimo trabajo basado en Swedenborg, ha distinguido fenomenológicamente dos formas fundamentales de este tipo de alucinaciones. No es ahora el momento para describir cómo lo ha hecho es excesivamente complicada – pero debo reconocer que tanto sus métodos como sus conclusiones me parecen sumamente válidos. Básicamente, se limita a hablar con esas alucinaciones a través del paciente y elabora luego informes biográficos sobre ellas. De su estudio emergen dos tipos fundamentales de alucinaciones. Las inferiores, que son generalmente malévolas, similares al ello de Freud, antiespirituales y hablan sin cesar (es decir, son estructuras verbales). Más importante todavía es el hecho de que residen en un área inferior pero todavía inconsciente de la mente, la memoria personal y que se hallan de algún modo, relacionadas y limitadas a la propia experiencia del paciente. El individuo está alucinando con su propia sombra. Las otras alucinaciones son de orden superior, que son puramente visuales y que no utilizan palabra alguna (reinos transverbal y sutil). Se trata de alucinaciones que recuerdan primordialmente a los arquetipos de C. G. Jung. Es decir, que estas alucinaciones proceden exclusivamente de los niveles sutiles arquetípicos y transpersonales y, en ese sentido, son reales y no alucinatorias.

5.- Finalmente, el individuo puede regresar realmente a las estructuras urobóricas y pre-personales, confundiendo entonces completamente el yo con los demás y el interior con el exterior, en cuyo caso el tiempo se evapora en la pretemporalidad y el sistema del self se colapsa por completo. No se trata, por tanto, en este caso, de una intuición del Eterno Ahora transtemporal sino de la simple incapacidad de reconocer secuencias temporales.

Hablando en términos generales, la esquizofrenia nos demuestra que el individuo puede regresar, en su búsqueda de unidad una búsqueda impulsada por el proyecto Atman – a cualquiera de las unidades arcaicas inferiores (la estructura parental, la maternal, la urobórica e incluso la pleromática). Erich Fromm parece ser plenamente consciente de este fenómeno y de sus implicaciones y, aunque no pormenoriza los estadios concretos, la siguiente cita demuestra que conoce perfectamente este punto:

El hombre lucha por encontrar esa unidad regresiva en distintos niveles, que son, simultáneamente, niveles de patología y niveles de irracionalidad. Puede sentirse poseído por la pasión de regresar al útero, a la madre tierra o a la muerte (incesto pleromático). Y, si este objetivo es abrumador y desbordante, puede terminar conduciendo al suicidio o a la locura (castración pleromática). Una forma menos peligrosa y menos patológica de la búsqueda regresiva de la unidad consiste en el deseo de seguir unido al pecho de la madre (incesto maternal), a la mano de la madre o a las órdenes del padre (incesto parental). Otra forma de orientación regresiva es la destructividad, el deseo de trascender la separación mediante la destrucción de todo y de todos (lo que nosotros hemos denominado sacrificio sustitutorio). Y aún otra puede asumir la forma de tratar de comérselo todo y a todos y así integrarlo – es decir, experimentando al mundo y a todo lo que éste contiene en forma de comida (fijación oral).

Nota: los paréntesis son de K.W.

Fromm, en esta breve cita, ejemplifica todo el espectro de unidades regresivas anheladas por el individuo a través de los incestos pleromático, materno, parental y urobórico-alimentario. Pero, a pesar de ello, Fromm es plenamente consciente de que el satori místico es un tipo de unidad completamente diferente, una unidad mística que nada tiene que ver con la unidad regresiva que se encuentra al volver a la armonía del paraíso pre-consciente y pre-individual (subconsciencia pleromática-urobórica), sino que constituye una unidad superior, una unidad a la que sólo puede arribarse después de que el hombre haya experimentado su independencia, después de haber atravesado la etapa de alienación de sí mismo y de su mundo y de haber nacido nuevamente. La premisa de esta nueva unidad es el pleno desarrollo de la razón hasta alcanzar un estadio en el que ésta deje de separar al hombre de su percepción inmediata e intuitiva de la realidad. Este punto resulta ahora tan claro que no comprendo cómo ha podido seguir siendo ignorado. En todo caso, creo que el hecho de seguir manteniendo la ecuación místico = psicótico no hace más que evidenciar la ignorancia de quien la afirma.

Un último punto que, dicho sea de paso, es de suma importancia, es el hecho de que el individuo pueda volver o no pueda volver a la realidad egoica normal después de haber atravesado un episodio esquizofrénico. En el caso de que no lo haga tenderá a permanecer perdido, atrapado y abandonado en la confusión de fragmentos preverbales e incluso pre-personales. Así son precisamente la mayor parte de las esquizofrenias crónicas. Sin embargo, el clásico brote esquizofrénico presenta una peculiar combinación de pre y de trans que le permitió a Laing escribir: Cuando una persona se vuelve loca, tiene lugar una transposición profunda de su ubicación con respecto a todos los dominios de la existencia. El centro de su experiencia se traslada de su ego a su Self. El tiempo mundano se convierte en algo meramente anecdótico y sólo cuenta lo Eterno. Sin embargo, el loco está confundido. Mezcla el ego con el yo, el interior con el exterior, lo natural con lo sobrenatural Un exiliado del campo de la existencia, un alienado, un extraño que nos hace señas desde un vacío en el que zozobra.


En el caso de que el individuo regrese y que regrese indemne – normalmente estará más equilibrado y se sentirá más capacitado, menos a la defensiva y más abierto al mundo. Pero en ninguno de estos casos seguir esquizofrénico o regresar curado – acontece nada parecido a la iluminación o a moksha. No hay nada en los informes de los esquizofrénicos recuperados que nos indique que, después de haberse librado de las pautas patológicas de su vivencia pre-mórbida, sigan explorando aquellas experiencias internas que anteriormente les habían abrumado. A diferencia de lo que ocurre con el místico, que busca deliberadamente a veces, incluso, durante mucho tiempo – ese tipo de experiencias internas dentro de un contexto cultural determinado, la experiencia que tiene el esquizofrénico de sus sentimientos más profundos es fortuita y tiene lugar negando su funcionamiento social (no es transbiosocial, sino prebiosocial). Así pues, si la incursión en la psicosis concluye felizmente, el individuo recupera la capacidad de funcionar como miembro productivo de la sociedad, pero no le capacita necesariamente para el proceso vital de moverse entre la experiencia interna (y transpersonal) y el funcionamiento social.

En mi opinión, el brote esquizofrénico exitoso (el brote del que se regresa curado) constituye un auténtico ejemplo de regresión al servicio del ego. Se trata, como muchos investigadores sugieren hoy en día, de una especie de crecimiento y reajuste psíquico, de un tipo de experiencia de muerte y renacimiento. Los esquizofrénicos recuperados tienden a hablar de su antiguo yo como algo completamente inadecuado, inadaptado, fragmentado o incluso simplemente incapaz de vivir. Una mujer describió su crisis del siguiente modo: Algo me ha ocurrido y no sé lo que es. Todo lo que constituía mi antiguo yo se ha derrumbado y de sus escombros ha renacido una criatura de quien nada sé. Pero aquel yo anterior que se ha derrumbado era, en realidad, un ser despreciable, alguien incapaz de enfrentarse a la vida tal como se le presentaba, una criatura que no podía ajustarse a la vida ni tampoco escapar de ella. Así que se volvió loca y pereció de angustia.

Después de cinco días de intenso sufrimiento, locura y la muerte literal de su antiguo yo, dicha mujer renació con lo que ella misma denominó un nuevo yo, relativamente en paz con el mundo y consigo misma. Pero no se trataba de un yo trascendente ni de un yo iluminado sino de un yo relativamente equilibrado, como diría el psicoanálisis, de un ego sano.

Personalmente, creo que una de las cosas que ocurren en este tipo de episodios (insisto en que no pretendo excluir los factores bioquímicos ni tampoco, por otra parte, trato de negar que muchos fenómenos incorrectamente diagnosticados como esquizofrenia caen de lleno en la denominada hipótesis de Sanella-Bentov, el comienzo del ascenso de kundalini a los reinos sutiles) es que el individuo regresa a aquellas estructuras psicológicas profundas que se vieron traumatizadas durante la infancia.

Entre ellas cabe destacar, a mi entender, la etapa del yo corporal, un estadio en el que el yo y el no yo todavía no se habían diferenciado y en el que se supone que la consciencia se hallaba firmemente asentada en el cuerpo y que, a partir de ese momento, actúa como fundamento de las operaciones del yo en el reino ordinario. R. D. Laing cree que el hecho de que la consciencia no se asiente debidamente en el cuerpo conduce a una posterior división o disociación exagerada entre la mente y el cuerpo y a la elaboración de un falso sistema del self. No sólo estoy de acuerdo con estas consideraciones generales sino que también estoy plenamente convencido de que mi presentación de las secuencias evolutivas así lo demuestra. En particular, cabe destacar lo siguiente:

Los dos momentos especialmente peligrosos para la etiología de la esquizofrenia son la emergencia del estadio del yo corporal y la del estadio egoico-mental. Una perturbación del estadio del yo corporal tenderá a dificultar el asentamiento completo de la consciencia en el cuerpo, de modo tal que una imagen corporal débil terminará entonces convirtiéndose en el cimiento de la personalidad subsiguiente y contribuirá a la formación de un falso sistema del self. Esto ocurre fundamentalmente, a mi entender, en el momento de la emergencia del estadio egoico-mental puesto que, si la personalidad no se halla firmemente asentada en una imagen corporal sólida, cuando el ego comienza a diferenciarse del cuerpo estará condenado a experimentar el cuerpo incorrectamente como parte del otro. Además, por otra parte, también se convertirá necesariamente en presa fácil (durante la etapa del complejo de castración) de una disociación más violenta de lo habitual entre la mente y el cuerpo, dejando al individuo con un falso self disociado del cuerpo. Así pues, según Laing, el esquizofrénico tiende a focalizar excesivamente su sensación de identidad en su mente y a experimentar que el cuerpo es el otro.

Me gustaría, sin embargo, agregar algo a lo que dice Laing puesto que, una vez creado el falso self disociado del cuerpo, se dan las circunstancias más propicias para lo que normalmente constituye el aspecto más dramático de la esquizofrenia. Ya hemos visto que, en general, lo sutil puede emerger en cualquier momento posterior al establecimiento del ego. Así pues, a partir de la adolescencia, uno está potencialmente abierto a la emergencia natural de lo sutil. El caso es que, en el caso del esquizofrénico, cuando emerge lo sutil en el supuesto de que lo haga – sólo se encuentra con el sistema del falso self. No se encuentra, pues, con un ego fuerte, o centáurico, sino con un self falso y poco arraigado. Y eso, a mi juicio, es lo que termina conduciendo a la-clásica-crisis-esquizofrénica-de-apariencia-religiosa. En tal caso, lo sutil inunda al falso self, forzando una regresión a estructuras inferiores, con una irrupción simultánea de material procedente de los reinos superiores. Téngase además en cuenta que, desde un punto de vista estadístico, la edad más proclive a la aparición de las crisis esquizofrénicas suele ser poco antes de los treinta años, la edad aproximada en la que puede comenzar a emerger lo sutil. En mi opinión se trata de una irrupción de lo sutil que coincide con un desmoronamiento del yo.

Volviendo a nuestra historia tenemos que decir que, durante el transcurso de una crisis profunda, el individuo experimenta una regresión a la estructura profunda que fue traumatizada durante su construcción en la infancia (yo corporal u otra). Retrocede literalmente a ese punto y, a partir de él, reconstruye de manera ascendente, por así decirlo, su personalidad. También podríamos decir que, después de conectar o de revivir nuevamente ese complejo, o esa perturbación estructural profunda, los estratos superiores de la consciencia se reorganizan espontáneamente en torno a la estructura profunda recién reorganizada. Ésta es una auténtica experiencia de crecimiento, una verdadera regresión al servicio del ego. Antón Boisen lo expresa acertadamente del siguiente modo: En consecuencia, podemos llegar a la conclusión de que estas perturbaciones (esquizofrénicas) no son necesariamente nocivas sino que, al igual que ocurre con la fiebre o las inflamaciones en el organismo físico, son intentos, llevados a cabo mediante la regresión a niveles inferiores de la vida mental, de digerir masas de experiencia vital que no habían sido asimiladas hasta entonces.

En general, lo mejor que puede decirse sobre las crisis esquizofrénicas (no sobre la esquizofrenia crónica) es que se trata de auténticas regresiones al servicio del ego, regresiones que van seguidas de una evolución hacia un ego más sano. Y se trata también de regresiones que pueden dejar al individuo, al nuevo ego, con una comprensión muy profunda de sí mismo. Sin embargo, por regla general, éste no es un paso deseado y ocurre en contra de la voluntad del individuo, privándole del acceso a las estructuras de la lógica, la sintaxis, la relación social y el ego. Además, sea cual fuere el resultado, el individuo no termina iluminado ni en la auténtica consciencia de unidad.

Nada de lo dicho anteriormente es aplicable al verdadero camino místico de evolución progresiva, a excepción del hecho reconocido de que el místico explora y domina algunos de los dominios superiores en los que naufraga el esquizofrénico. El místico busca deliberadamente la evolución progresiva, se adiestra para ello e invierte la mayor parte de su vida en alcanzar en el mejor de los casos – unidades trascendentes, maduras y permanentes. Al mismo tiempo, sin embargo, mantiene la posibilidad de acceder al ego, a la lógica, al mundo social, a la sintaxis, etc., y para ello, sigue un camino que ha sido cuidadosamente cartografiado bajo la estricta supervisión de un guía. No se trata, pues, de establecer contacto con experiencias infantiles del pasado, sino con realidades profundas presentes e inmediatas.

Quisiera concluir mencionando también el importante trabajo clínico llevado a cabo por Cooper, Laing y Esterson, puesto que, en mi opinión, tanto sus escritos como su labor clínica han supuesto un extraordinario avance en nuestra comprensión fenomenológica de la esquizofrenia y de sus relaciones con la normalidad y con la cordura (que no significan lo mismo). Veamos simplemente el diagrama utilizado por Cooper para resumir los resultados de toda su visión.


Ciclo vital de Cooper: Cordura, Paro y Locura

El lector se dará cuenta de la semejanza existente entre esta figura y la del modelo básico del ciclo vital que ya hemos presentado. El punto A al que Cooper denomina nacimiento- es análogo a nuestro nivel axial, nuestro estadio del yo corporal. Su normalidad es nuestra persona egoica. El movimiento B es nuestro Arco Interno y la crisis psicótica nuestra regresión. Todos los puntos de la figura de Cooper que se hallan por debajo de la línea del nacimiento son (para nosotros) prepersonales (a la izquierda) o transpersonales (a la derecha). La propia explicación de Cooper es la que sigue:

Desde el momento del nacimiento, la mayor parte de las personas evolucionan a través de las situaciones del aprendizaje social en la familia y en la escuela hasta llegar a alcanzar la normalidad social. Y, una vez alcanzado este estadio de normalidad, el desarrollo suele estancarse. Hay quienes se derrumban en algún momento de este proceso y retroceden a lo que en el diagrama denominamos locura. Otros, muy pocos, atraviesan el estado de inercia o estancamiento (ego/persona) representado por la alienada normalidad estadística y prosiguen (evolucionan) por el camino que conduce hacia B, la cordura (nuestros dominios transpersonales), conservando la consciencia del criterio de normalidad social (es decir, manteniendo la posibilidad de acceder, como reiteradamente hemos señalado, a los niveles inferiores) a fin de evitar la invalidación (dado que éste es siempre un juego muy arriesgado). Conviene darse cuenta de que la normalidad está muy lejos, no sólo de la locura, sino también de la cordura (un punto que nosotros apenas hemos subrayado). La cordura se parece a la locura pero entre ambas siempre existe una distancia importante, una notable diferencia. Éste es el punto omega (Z).

En cuanto a la cordura, tal como se presenta en el diagrama, su colaborador R. D. Laing dice lo siguiente: La auténtica cordura implica algún tipo de disolución del ego normal, de ese falso self que se ha ajustado adecuadamente a una realidad social alienada, la emergencia de los mediadores y arquetipos internos del poder divino, atravesar la muerte y el renacimiento y restablecer finalmente un nuevo tipo de funcionamiento del ego, un ego que sirva y no que traicione – a lo divino.

Fijémonos, por último, en el punto omega. Fuera cual fuese la decisión final en cuanto a la naturaleza del punto omega, es absoluta, definitiva e indiscutiblemente cierto que existe. Baste esto para sostener lo que confío que un día será una verdad evidente para todos: el Retorno a lo Divino no tiene nada que ver con el regreso a la infancia. El misticismo no constituye una regresión al servicio del ego sino que es una evolución que lo trasciende.

Ken Wilber

El Proyecto Atman.- Editorial Kairós,

Ilustraciones: Grabado de Francisco de Goya y fotografías de David La Chapelle (Exposición, Delirios de la Razón, Ciudad de México, 2009)