miércoles, 27 de octubre de 2010

Guerra Santa:Pasión y Razón

UMBERTO ECO

GUERRA SANTA:PASION Y RAZON

UMBERTO ECO


Umberto Eco, nacido en 1932 en la localidad italiana de Alessandría, es autor de novelas como "El nombre de la rosa" y "El péndulo de Foucault", y de obras de semiótica como "La estructura ausente" y el "Tratado de semiótica y filosofía del lenguaje", entre otras.

Guerra santa: pasión y razón.
UMBERTO ECO
Nota periodística publicada en La Republica y Clarín, Octubre de 2001.

Semiólogo y escritor italiano, Berlusconi , habló de la supuesta superioridad occidental sobre el Islam.
Eco parte de esas palabras y arma un texto que elude la corrección política para convertirse en un conmovedor homenaje a la tolerancia.

Que alguien, en estos días, haya pronunciado palabras inoportunas sobre la superioridad de la cultura occidental, sería un hecho secundario. Es secundario que alguien diga una cosa que considera justa pero en el momento equivocado, y es secundario que alguien crea en una cosa injusta o incluso equivocada, porque el mundo está lleno de gente que cree en cosas injustas y equivocadas, incluido un señor que se llama Bin Laden, que posiblemente sea más rico que nuestro presidente del Consejo y estudió en las mejores universidades.
Lo que no es secundario y que debe preocuparnos un poco a todos, políticos, líderes, religiosos, educadores, es que ciertas expresiones, o llegado el caso, artículos enteros y apasionados que de alguna manera las legitimaron, pasen a ser materia de discusión general, ocupen la mente de los jóvenes y puedan llegar a inducirlos a sacar conclusiones pasionales dictadas por la emoción del momento. Me preocupan los jóvenes porque, en definitiva, a los viejos, la cabeza ya no les cambia. Todas las guerras de religión que ensangrentaron al mundo durante siglos nacieron de adhesiones pasionales a contraposiciones simplistas, como Nosotros y los Otros, buenos y malos, blancos y negros. Si la cultura occidental demostró ser fecunda es porque se esforzó por "eliminar", a la luz de la investigación y el espíritu crítico, las simplificaciones nocivas
. Naturalmente, no lo hizo siempre, porque forman parte de la historia de la cultura occidental también Hitler, que quemaba los libros, condenaba al arte "degenerado", mataba a los que pertenecían a las razas "inferiores", o el fascismo que me enseñaba en la escuela a recitar "Dios maldiga a los ingleses", porque eran "el pueblo de las cinco comidas" y por ende glotones inferiores al italiano parco y espartano. Son, no obstante, los mejores aspectos de nuestra cultura los que debemos discutir con los jóvenes, y de cualquier color, si no queremos que caigan nuevas torres también en los días que vivirán después de nosotros. Un elemento de confusión es que a menudo no se logra captar la diferencia entre la identificación con las propias raíces, comprender a quienes tienen otras raíces y juzgar lo que está bien y o mal. En cuanto a las raíces, si me preguntaran si preferiría pasar mis años de jubilado en un pueblito de Monferrato, en el majestuoso marco del parque nacional del Abruzzo o en las suaves colinas de Siena, elegiría Monferrato.
Pero eso no implica que considere a las otras regiones italianas inferiores al Piamonte. Por consiguiente, si con sus palabras, el presidente del Consejo quería decir que prefiere vivir en Arcore antes que en Kabul, y hacerse atender en un hospital milanés antes que en uno de Bagdad, estaría dispuesto a apoyar su opinión. Y eso aunque me dijeran que en Bagdad instalaron el hospital mejor equipado del mundo: en Milán me hallaría más en mi casa, y eso influiría incluso sobre mis capacidades de recuperación. (...) Pasemos ahora al enfrentamiento de civilizaciones, porque ése es el punto. Occidente, aunque más no sea, y en muchos casos lo es, por razones de expansión económica, ha sido curioso respecto de las otras civilizaciones.
Muchas veces las liquidó con desprecio; los griegos llamaban bárbaros, es decir, balbucientes, a quienes no hablaban su idioma y por lo tanto era como si en realidad no hablaran. Pero griegos más maduros, como los historiadores (quizá porque algunos de ellos eran de origen fenicio) muy pronto advirtieron que los bárbaros usaban palabras distintas de las griegas, pero se referían a los mismos pensamientos. Marco Polo trató de describir con gran respeto usos y costumbres chinos, los grandes maestros de la teología cristiana medieval se esforzaban por conseguir que les tradujeran los textos de los filósofos, médicos y astrólogos árabes, los hombres del Renacimiento exageraron incluso en su intento de recuperar sabidurías orientales perdidas, desde los Caldeos a los egipcios, Montesquieu intentó comprender cómo podía ver un persa a los franceses, y antropólogos modernos llevaron a cabo sus primeros estudios sobre las relaciones de los salesianos, que se acercaban sin duda a los Bororo para convertirlos, en lo posible, pero también para comprender cuál era su forma de pensar y de vivir, recordando quizá que los misioneros de siglos anteriores no habían podido comprender a las civilizaciones amerindias y alentaron su exterminio. Mencioné a los antropólogos.
No digo nada nuevo si recuerdo que, desde mediados del siglo XIX en adelante, la antropología cultural se desarrolló como un intento por cicatrizar el remordimiento de Occidente en relación con los Otros, y especialmente los Otros que eran definidos como salvajes, sociedades sin historia, pueblos primitivos. Occidente no había sido tierno con los salvajes: los había "descubierto", había intentado evangelizarlos, los había explotado, a muchos los había reducido a la esclavitud, entre otras cosas, con la ayuda de los árabes, ya que los barcos de los esclavos eran descargados en New Orleans por hidalgos de origen francés, pero estibados en las costas africanas por traficantes musulmanes.(...) La verdadera lección que debe extraerse de la antropología cultural es más bien que, para decir si una cultura es superior a otra, es necesario establecer parámetros.

Una cosa es decir qué es una cultura y otra decir en base a qué parámetros la juzgamos. Una cultura puede describirse de un modo pasablemente objetivo: estas personas se comportan así, creen en los espíritus o en una divinidad única que invade toda la naturaleza, se unen en clanes parentales según determinadas reglas, consideran bello perforarse la nariz con anillos, consideran impura la carne de cerdo, se circuncidan, crían perros para cocinarlos los días festivos o, como todavía dicen los estadounidenses de los franceses, comen ranas. El antropólogo, obviamente, sabe que la objetividad siempre entra en crisis debido a numerosos factores. (...) No obstante, haciendo una tala de todos los malentendidos posibles de una cultura Otra se puede obtener una descripción bastante "neutra". Los parámetros de juicio son otra cosa, dependen de nuestras raíces, de nuestras preferencias, de nuestros hábitos, de nuestras pasiones, de nuestro sistema de valores. Pongamos un ejemplo. ¿Consideramos que alargar la vida media de cuarenta a ochenta años es un valor? Yo personalmente creo que sí, pero muchos místicos podrían decirme que, entre un crápula que tira ochenta años y un san Luis Gonzaga que tira veintitrés, el segundo es el que tuvo una vida más plena. Pero admitamos que la extensión de la vida es un valor: si es así, la medicina y la ciencia occidental son ciertamente superiores a muchos otros saberes y prácticas médicos. ¿Creemos que el desarrollo tecnológico, la expansión de los intercambios comerciales, la rapidez del transporte, son un valor?
Muchísimos lo creen así, y tienen derecho a juzgar superior nuestra civilización tecnológica. Pero, en el seno mismo del mundo occidental, hay quienes consideran como un valor primordial una vida en armonía con un ambiente incorrupto, y entonces están dispuestos a renunciar a los aviones, los autos, las heladeras, para trenzar mimbres y moverse a pie de pueblo en pueblo, con tal de no tener el agujero de ozono. Ya ven que para definir una cultura mejor que otra, no basta con describirla (como hace el antropólogo) sino que es necesario recurrir a un sistema de valores que consideremos irrenunciables. Sólo en ese punto podemos decir que nuestra cultura, para nosotros, es mejor. En estos días asistimos a varias defensas de culturas diferentes en base a parámetros discutibles. Justamente, el otro día leía una carta a un gran diario donde se preguntaba sarcásticamente cómo era posible que los premios Nobel fueran siempre para occidentales y no para orientales. Dejando de lado el hecho de que se trataba de un ignorante que no sabía cuántos premios Nobel de Literatura fueron conferidos a personas de piel negra y a grandes escritores islámicos, dejando de lado que el premio Nobel de Física de 1979 fue para un pakistaní que se llama Abdus Salam, afirmar que reconocimientos para la ciencia recaen naturalmente en quienes trabajan en el ámbito de la ciencia occidental es descubrir la pólvora, porque nadie ha puesto nunca en duda que la ciencia y la tecnología occidentales están hoy en la vanguardia. ¿En la vanguardia de qué? De la ciencia y la tecnología. ¿Cuán absoluto es el parámetro del desarrollo tecnológico? Pakistán tiene la bomba atómica e Italia no. ¿Entonces, somos una civilización inferior? ¿Es mejor vivir en Islamabad que en Arcore?

Los defensores del diálogo nos instan a respetar el mundo islámico recordando que dio hombres como Avicena y Averroes. Nos recuerdan que los árabes de España cultivaban la geografía, la astronomía, la matemática o la medicina cuando en el mundo cristiano estaban mucho más atrasados. Todas cosas absolutamente verdaderas, pero esos no son argumentos, porque razonando así habría que decir que Vinci, noble comuna toscana, es superior a Nueva York, porque mientras en Vinci nacía Leonardo en Manhattan cuatro indios esperaban sentados en el suelo más de ciento cincuenta años a que llegaran los holandeses para comprarles toda la península por veinticuatro dólares. Y en cambio, sin ánimo de ofender a nadie, hoy el centro del mundo es Nueva York y no Vinci. Las cosas cambian. No sirve recordar que los árabes de España eran bastante tolerantes con cristianos y judíos en tanto que entre nosotros se atacaban los ghettos, que Saladino, cuando reconquistó Jerusalén, fue más misericordioso con los cristianos de lo que habían sido los cristianos con los sarracenos cuando habían conquistado Jerusalén. Todas cosas exactas, pero en el mundo islámico hay actualmente regímenes fundamentalistas y teocráticos que no toleran a los cristianos y Bin Laden no fue misericordioso con Nueva York. Bactriana fue un cruce de grandes civilizaciones, pero hoy los talibanes destruyen con explosivos los Buda.
Los franceses, por su parte, hicieron la masacre de la Noche de san Bartolomé, pero esto no autoriza a nadie a decir que en la actualidad son bárbaros. No molestemos a la historia porque es un arma de doble filo. Los turcos empalaban (y está mal) pero los bizantinos ortodoxos sacaban los ojos a sus parientes peligrosos y los católicos quemaban a Giordano Bruno; los piratas sarracenos hacían desastres de todos los calibres, pero los corsarios de su majestad británica, con todos sus despachos reales, incendiaban las colonias españolas en el Caribe; Bin Laden y Saddam Hussein son enemigos feroces de la civilización occidental, pero dentro de la civilización occidental hemos tenido señores que se llamaron Hitler o Stalin. No, el problema de los parámetros no se pone en clave histórica, sino en clave contemporánea. Ahora bien, una de las cosas elogiables de las culturas occidentales (libres y pluralistas, y estos son valores que nosotros consideramos irrenunciables) es que se dieron cuenta desde hace ya tiempo que la misma persona puede ser llevada a manejar parámetros distintos, y mutuamente contradictorios, sobre cuestiones diferentes. Por ejemplo, se considera un bien la prolongación de la vida y un mal la contaminación atmosférica, pero advertimos perfectamente que, quizá, para tener los grandes laboratorios donde se estudia la prolongación de la vida, haya que tener un sistema de comunicaciones y de abastecimiento energético que, por su lado, produce contaminación. La cultura occidental ha desarrollado las capacidades para poner libremente al descubierto sus propias contradicciones. Es posible que no las resuelva, pero sabe que existen, y lo dice.
En última instancia, todo el debate sobre "globalización sí-globalización no" está allí: ¿cómo hacer que resulte soportable una cuota de globalización positiva evitando los riesgos y las injusticias, cómo se puede alargar la vida también a los millones de africanos que mueren de Sida (y al mismo tiempo alargar la nuestra) sin aceptar una economía planetaria que hace morir de hambre a los enfermos de Sida y nos hace engullir alimentos contaminados a nosotros? Pero justamente esa crítica de los parámetros, que Occidente persigue y alienta, nos hace comprender lo delicada que es la cuestión de los parámetros. ¿Es justo y civilizado proteger el secreto bancario? Muchísimos consideran que sí. Pero ¿y si ese secreto permite que los terroristas tengan su dinero en la City de Londres? Entonces, ¿la defensa de la llamada privacy es un valor positivo o dudoso? Nosotros ponemos continuamente en discusión nuestros parámetros. El mundo occidental lo hace a tal punto que permite a sus propios ciudadanos no aceptar como positivo el parámetro del desarrollo tecnológico y hacerse budistas o irse a vivir a comunidades donde no se usan los neumáticos, ni siquiera para los carros con caballos.
El problema que la antropología cultural no resolvió es qué hacer cuando el integrante de una cultura, cuyos principios aprendimos quizás a respetar, viene a vivir a nuestra casa. En realidad, la mayor parte de las reacciones racistas en Occidente no se deben al hecho de que los animistas vivan en Malí (basta con que se queden en su tierra, dice de hecho la Liga), sino que los animistas vengan a vivir con nosotros. Y vaya y pase con los animistas o con quienes quieren rezar en dirección a la Meca, pero ¿y si quieren llevar chador, si quieren infibular a sus muchachas, si (como sucede en algunas sectas occidentales) niegan las transfusiones de sangre a sus niños enfermos, si el último comedor de hombres de Nueva Guinea (admitiendo que todavía exista alguno) quiere emigrar a nuestro país y asarse a un jovencito por lo menos cada domingo? Sobre el comedor de hombres estamos todos de acuerdo, va a la cárcel (pero sobre todo porque no son mil millones), sobre las chicas que van a la escuela con chador, no veo por qué hacer una tragedia si eso les gusta, sobre la infibulación, en cambio, el debate está abierto pero, ¿qué hacemos, por ejemplo, con el pedido de que las mujeres musulmanas puedan ser fotografiadas en el pasaporte con velo? Tenemos leyes, iguales para todos, que establecen criterios de identificación para los ciudadanos y no creo que se puedan dejar de lado. Yo cuando visité una mezquita me quité los zapatos, porque respetaba las leyes y las usanzas del país anfitrión. ¿Qué hacemos con la foto velada?
Creo que en estos casos se puede negociar. En el fondo, las fotos de los pasaportes son siempre poco fidedignas y sirven para lo que sirven, están estudiándose tarjetas magnéticas que reaccionan con la huella del pulgar, el que quiera ese tratamiento privilegiado que pague el eventual sobreprecio. Y si esas mujeres luego asisten a nuestras escuelas, también podrían llegar a conocer derechos que no creían tener, así como muchos occidentales fueron a las escuelas coránicas y decidieron libremente hacerse musulmanes. Reflexionar sobre nuestros parámetros significa también decidir que estamos dispuestos a tolerar todo, pero que ciertas cosas son para nosotros intolerables. Occidente dedicó fondos y energías a estudiar los usos y costumbres de los Otros, pero nadie permitió verdaderamente a los Otros que estudiaran usos y costumbres de Occidente, salvo en las escuelas mantenidas en el exterior por los blancos o permitiendo a los Otros más ricos que fueran a estudiar a Oxford o París -y después se ve lo que pasa, estudian en Occidente y vuelven a su patria para organizar movimientos fundamentalistas, porque se sienten ligados a sus compatriotas que no pueden realizar esos estudios. Antiguos viajeros árabes y chinos habían estudiado algo de los países donde se pone el sol, pero son cosas de las que sabemos bastante poco.
¿Cuántos antropólogos africanos o chinos vinieron a estudiar Occidente para contárselo a sus conciudadanos, pero también a nosotros, me refiero a contarlo como nos ven ellos? Existe desde hace unos años una organización internacional llamada Transcultura que propicia una "antropología alternativa". Llevó a estudiosos africanos que nunca habían estado en Occidente a describir el interior francés y la sociedad de Bolonia, y les aseguro que cuando nosotros los europeos leímos que dos de las observaciones más sorprendentes se referían al hecho de que los europeos sacan a pasear a sus perros y que se desnudan a la orilla del mar, bueno, la mirada recíproca comenzó a funcionar de ambas partes, y surgieron discusiones interesantes. En este momento, con miras a un congreso final que se desarrollará en Bruselas en noviembre, tres chinos, un filósofo, un antropólogo y un artista, están completando el viaje de Marco Polo al revés, sólo que en vez de limitarse a escribir su Millón, graban y filman.
Al final, no sé qué podrán aclararles sus observaciones a los chinos, pero sé qué podrán aclararnos a nosotros. Imagínense que se invite a fundamentalistas musulmanes a realizar estudios sobre el fundamentalismo cristiano. Bueno, yo creo que el estudio antropológico del fundamentalismo de otro puede servir para comprender mejor la naturaleza del propio. Que vengan a estudiar nuestro concepto de guerra santa y quizá verían con ojo más crítico la idea de guerra santa en su casa. En el fondo, los occidentales hemos reflexionado acerca de los límites de nuestro modo de pensar describiendo justamente la pensée sauvage. Uno de los valores de los cuales habla mucho la civilización occidental es la aceptación de las diferencias. Teóricamente estamos todos de acuerdo, es politically correct decir en público de alguien que es gay, pero después en casa decimos que es un marica. ¿Cómo se hace para enseñar la aceptación de la diferencia? La Académie Universelle des Cultures puso on line un sitio donde se están elaborando materiales sobre temas diversos (color, religión, usos y costumbres, etcétera) para los educadores de cualquier país que quieran enseñar a sus alumnos cómo aceptar a los que son distintos de ellos. En primer lugar, se decidió no decir mentiras a los chicos, afirmando que todos somos iguales. Los niños se dan cuenta perfectamente de que algunos vecinos de casa o compañeros de colegio no son iguales a ellos, tienen una piel de distinto color, los ojos con forma almendrada, el pelo más abundante o más lacio, comen cosas extrañas, no toman la primera comunión. Tampoco basta decirles que todos son hijos de Dios, porque también los animales son hijos de Dios y, sin embargo, los chicos nunca vieron una cabra en la cátedra enseñándoles gramática. Por lo tanto, es necesario decir a los chicos que los seres humanos son muy distintos entre sí, y explicar bien en qué son distintos, para luego mostrar que esas diversidades pueden ser una fuente de riqueza.
El maestro de una ciudad italiana debería ayudar a sus chicos italianos a comprender por qué otros niños le rezan a una divinidad distinta, o tocan una música que no se parece en nada al rock. Naturalmente, lo mismo debe hacer un educador chino con niños chinos que viven junto a una comunidad cristiana. El paso siguiente consistirá en mostrar que hay algo en común entre su música y la nuestra, y que también su Dios recomienda algunas cosas buenas. Posible objeción: nosotros lo haremos en Florencia, ¿pero lo harán después también en Kabul? Bueno, esa objeción es lo más alejado que puede haber de los valores de la civilización occidental. Nosotros somos una civilización pluralista porque permitimos que en nuestra casa se construyan mezquitas y no podemos renunciar a ello sólo porque en Kabul manden a prisión a los propagandistas cristianos.
Si lo hiciéramos seríamos talibanes nosotros también.(...) Ahora bien, dejando de lado que hay una derecha y que hay un catolicismo integrista decididamente tercermundista, filo-árabe, etcétera, no se tiene en cuenta un fenómeno histórico que está ante los ojos de todos. La defensa de los valores de la ciencia, el desarrollo tecnológico y la cultura occidental moderna, en general, siempre fueron una característica de las alas laicas y progresistas. No solamente eso, todos los regímenes comunistas evocaron una ideología del progreso tecnológico y científico. El Manifiesto de 1848 se inicia con un elogio imparcial de la expansión burguesa; Marx no dice que hay que dar media vuelta y pasar al modo de producción asiático, dice solamente que de esos valores y esos éxitos deben apoderarse los proletarios. A la inversa, siempre ha existido el pensamiento reaccionario (en el sentido más noble del término), al menos empezando por el rechazo de la revolución francesa, que se opuso a la ideología laica del progreso afirmando que hay que volver a los valores de la Tradición. Sólo algunos grupos neo-nazis se remiten a una idea mítica de Occidente y estarían dispuestos a degollar a todos los musulmanes en Stonehenge. Los más serios entre los pensadores de la Tradición siempre se han remitido, más allá de los ritos y mitos de los pueblos primitivos, o la lección budista, precisamente al Islam, como fuente todavía actual de espiritualidad alternativa. Siempre estuvieron allí para recordarnos que no somos superiores, sino que más bien la ideología del progreso nos desecó, y que debemos ir a buscar la verdad entre los místicos Sufis o los derviches danzantes.
Y esas cosas no las digo yo, siempre las dijeron ellos. Basta con ir a una librería y buscar en los estantes indicados. En este sentido, en la derecha se está abriendo ahora una curiosa grieta. Pero tal vez sea sólo un signo de que en los momentos de gran desconcierto (y ciertamente estamos viviendo uno) nadie sabe dónde está. Claro que es justamente en los momentos de desconcierto cuando hay que saber usar el arma del análisis y la crítica, de nuestras supersticiones tanto como de las del otro. Espero que de estas cosas se hable en las escuelas, y no sólo en las conferencias de prensa.
(c) La Republica y Clarín, 2001. Traducción de Cristina Sardoy.